domingo, 26 de diciembre de 2021

A buenas horas, hijo mío

Mi padre se fue, como quien dice, a comprar tabaco y se lo tragó la tierra; que ya nunca más volvimos a verle el polvo. Así que mi madre, que jamás fue de natural alegre, se puso tan mustia a raíz de aquello que apenas hablaba e iba de un lado a otro del piso como un abanto, que ni salía si no era para limpiar en las casas, como venía siendo su trabajo, o para ir a comprar comida. Las veces que se acordaba, porque a lo ida que andaba, se le solía olvidar y pasamos más de un día y de una noche en ayunas. Así transcurrió mi infancia en la total escasez de alimento y afecto familiar, que tenía mucha prisa yo por hacerme mujer para conseguirme un novio que me diese el cariño que tanto me faltaba y dejar aquella casa sólo ocupada por la tristeza y el silencio. Claro que en un barrio tan mísero y conflictivo como el mío no se hallaban los chicos más recomendables, pero quién piensa en eso a los catorce años. A mí el Chino me gustaba mucho y yo le gustaba a él; con eso era bastante. Nos casamos por lo formal, que no se diga. El padre del Chino me pidió, como es costumbre entre gitanos, y mi madre dijo que sí o no dijo nada, lo habitual en ella, pero igual quien calla, otorga, y se diría que prefiriese librarse de mí para no tener más obligación en el futuro que llorar a solas. El problema de mi madre es que era abstemia y eso no es bueno del todo, tampoco el vicio como muy bien supe luego, pero es que sufrir a palo seco sin siquiera una cervecita de vez en cuando para anestesiarse del dolor, es muchísimo sufrir, como un animal al que desgarran vivo, abriéndolo en canal. De modo que, a los quince años recién cumplidos, me casé con el Chino, que no lo llamaban Chino por los rasgos orientales, que no tenía, sino por su gusto por las chinas de chocolate, pues básicamente se alimentaba de porros, uno detrás del otro. Las chinas las traía de Tánger y con lo que sacaba por venderlas íbamos tirando. No mucho, porque fumaba más que vendía, pero tirando. Yo, por traer un poco más de dinero a casa y porque en casa me aburría sola, ya que el Chino o estaba de viaje en Tánger comprando la mercancía o vendiéndola en la calle, pensé que era buena idea ponerme a lavar cabezas en una peluquería del centro, que ya me lo habían ofrecido, pero, en cuanto se lo dije al Chino, me dio tal guantazo que me puso la cara del revés. En especial, el ojo, que lo tenía morado al día siguiente. Y es que el Chino decía que él era muy hombre para mantener a su mujer y que ningún hombre de verdad permite que su mujer trabaje si no es en su casa, que él, más que nadie, sabía el vicio que había en la calle y prefería estar muerto a ser un cornudo. Así que, al día siguiente, me fui a la peluquería del centro y les dije que no iba a ir a trabajar, pero la oficiala, cuando me vio el ojo amoratado, se indignó y, adivinando que mi marido me había pegado, me aconsejó que lo denunciase. — Oye, Chelito, que ya las cosas no son como antes. Si tu marido te pega, vas y lo denuncias, que eso en España es ahora un delito. Y yo me callé, porque no soy quién para discutirle a una mujer con estudios, pero comprendo que ellas tienen otras ideas de las leyes, de sus leyes, pues las nuestras en mi barrio son distintas y, aunque no están escritas, valen más que el papel. Entre nosotros, entendemos que un hombre tiene que imponerse y hacer valer su fuerza si su mujer se sobrepasa. Así ha sido siempre y será, digan lo que digan los otros. El Chino todavía era muy dueño de pegarme entonces, porque estaba entero aún, y yo no me lo tomé a mal. Si me había dado un guantazo, era para prevenir males mayores y sabía que también lo hacía por mi bien. Además que, al poco tiempo, descubrí que estaba preñada y ya, siendo familia completa, no tendría otra ocupación que traer al mundo al niño bien sano. Del embarazo tengo los mejores recuerdos de mi vida porque el Chino me trataba como a una reina. Me traía a casa todo lo que se me antojase: pollo asado, dulces y hasta helados. — Ahora, Chelito, por favor, hazme un niño– me advertía– así me ayudaría en el trabajo, que las niñas traen muchos problemas y no son más que recibir disgustos hasta dejarlas bien casadas. A mí no me parecía bien que el niño le ayudase al Chino en el trabajo porque ni siquiera tenía muy claro que lo del Chino fuese un trabajo. Esperaba solo que si el niño me salía listo, se metiese a electricista o fontanero y, si no, que se pusiera a vender en el mercadillo como su abuelo. Y si era niña, pues...ni quería pensarlo. Al final, tuvimos suerte, gracias a Dios, y nos salió un niño de lo más completito: mi Óscar. Cuando lo recuerdo con sus mofletitos colorados, los rollitos de sus piernas y esa sonrisa inocente siempre en la boca, tan fresco y saludable, me cuesta creer que esa criatura se haya convertido en ese tipo secarrón y triste, que, después de veinte años, regresa a casa cada noche o, más bien, cada madrugada. El Chino se encariñó mucho con el niño, tanto que ya se bajaba menos al moro por estar más tiempo con él, haciéndole juegos y carantoñas. En cuanto el bebé hacía el mínimo gesto de llorar, lo cogía en brazos y me llamaba mala madre si no tenía dispuesto al momento el biberón. Aquel niño le parecía tan suyo que se le figuraba que fuese él mismo que había venido al mundo por segunda vez: — No me digas, Chelito, que no es mi vivo retrato. Y yo no le llevaba la contraria, porque cualquiera, pero la verdad es que al Chino no se parecía nada el niño. Sin ninguna duda, mi Óscar era enterito a mi madre antes de que ésta perdiese para siempre la sonrisa. Tenía de ella, el pelito rizoso casi rubio y esos mismos ojos grandes que parecen ver en cada cosa, algo más allá de las cosas mismas. A decir la verdad, aquel parecido me daba miedo, que temía que fuese una señal de que le esperaba la misma suerte que a su abuela ¿Pero a él quién lo iba a abandonar? Yo lo quería más que a mi vida y el Chino más todavía si cabe. Tanto que quiso cambiar de negocio para que su niño tuviese lo mejor y, por ganar más, probó a traficar heroína. Su intención era buena, pero ya se sabe cómo funcionan estas cosas. La droga hay que probarla antes de comprar y quien se mete con el caballo, o sale muy mal o no sale nunca. De modo que el Chino se enganchó y todo el dinero que ganaba se le iba en consumir, pero lo peor no fue la ruina material sino la física, pues cuanto más se metía, más iba menguando en ánimos y ganas de vivir, que perdió las fuerzas de tal modo que ya no le pedía el cuerpo ni salir a la calle, sólo cuando iba a pillar, y, llegado un momento, hasta eso le venía grande, porque el jaco lo había vuelto cobarde y le daba pavor ir a ver a los camellos, así que me mandaba a mí. Por nada del mundo lo quería yo hacer y mucho menos con mi Óscar tan pequeñito, pero yo al Chino todavía lo quería mucho y me dolía verlo tan desesperado, además de que el Chino era mi hombre y, aún en las malas, lo tenía que obedecer. Es la ley que me han enseñado, aunque ahora digan que el mundo ha cambiado y todo eso. Será que el mundo ha cambiado, no digo yo que no, fuera de mi barrio, pero aquí en el barrio, nuestro mundo no cambia ni creo que cambie nunca. Como iba a hacer la compra, me acostumbré también a ir a pillar la heroína y a probarla antes para que no me engañasen y, como el caballo no respeta a nadie, también me enganché. A partir de entonces, el Chino y yo viajábamos mucho en casa y empezamos a descuidar al Óscar. La heroína nos pudo y, en nosotros, ya no cabía más que el deseo de pillar y chutarnos para luego volver a pillar. Los vecinos estaban hartos de oír al niño llorar y un día vino Charo, la del piso de arriba, a decirme que la situación era ya insostenible y que iba a llamar a los de Asuntos Sociales para que se llevasen al Óscar, que esa no era vida para un niño. Ahora me da mucha vergüenza pensar en eso, pero entonces lo único que se me ocurrió fue llevar a mi niño a lo de mi madre. Tenía claro que ni yo ni mucho menos el Chino nos podíamos hacer cargo de él y que tampoco quería que mi Óscar se fuese con los de Asuntos Sociales, como un huerfanito. Cuando mi madre me vio aparecer con el niño después de tanto tiempo, sonrió un poquito con los ojos. Le dije que se lo encomendaba y lo puse en sus brazos y ella, sin decir nada, como era su costumbre, asintió con un gesto. Al final, los dos abandonados, abuela y nieto, podrían hacerse compañía, reuniendo sus dos soledades. O eso pensaba yo. Al Chino se lo llevó un mal viaje unos años después y su muerte fue para mí como una gran sacudida. Lo enterré con más asombro que lágrimas, convencida de que aquello había sido un aviso y que mi única meta a partir de entonces sería desengancharme. Fue un duro camino que logré recorrer gracias a la ayuda del Proyecto Hombre, pero me quedé tocada. Por aquel tiempo, mi primo el Lolo, venía mucho por mi casa y una de esas veces me propuso que nos fuésemos los dos a vivir al campo, que él tenía en la sierra una casa y, por aquellos montes, se respiraba la paz que a mí tanta falta me hacía. Me quería a mí sola, al Óscar no y, como yo estaba muy débil de ánimo, le dije que sí. Yo no quería al Lolo, pero en su casa convivimos como hombre y mujer. No le podía decir que no si vivía bajo su mismo techo. Pero la paz del campo, que me alivió algunas semanas, duró muy poco, ya que el Lolo, aunque no bebía ni se drogaba, tenía un mal que lo trastornaba igual que si lo hiciese. De modo que se empeñó en creer que yo me acostaba con otros y aquella obsesión se le enquistó sin tregua posible, que, al volver del pueblo donde iba cada día con su furgoneta a hacer unas chapuzas, en vez de saludarme se ponía a hablar con el perro que vigilaba las tierras: — Eh, Pilatos, ¿me vas a decir con quién ha estado esta mientras yo estaba fuera? ¿Sí o no? Venga, hombre, dime... Y tan fijo se le quedaba mirando a los ojos, que el perro asustado se ponía a ladrar... — ¿Lo has oído, fulana? Ha dicho que se llama Juan ¿Quién es ese Juan? Mira que os mato a los dos... — Pero Lolo, que aquí no hay ningún Juan. Que estoy sola, que no viene nadie... Y así un día y otro hasta que, en uno de esos arrebatos, me cogió el brazo, mientras comíamos, y casi me lo corta con el cuchillo carnicero. Salí corriendo campo a través, chorreando de sangre por la herida, hasta que un cortijero me vio y me llevó en su coche al hospital. Allí me dieron muchos puntos, pero la cicatriz la tengo todavía. Tan grande es que ya sólo llevo vestidos con mangas para esconderla. Del Lolo no supe nada más, por fortuna; ya la habría emprendido con otra desgraciada. Volví a instalarme en mi barrio y me llevé a casa a mi madre y a mi niño, el Óscar. Ella seguía, como siempre, triste, ensimismada y muda, y el niño también había perdido aquella sonrisa de sus primeros años. En el instituto ya empezó a dar problemas. Se juntaba con los peores y el tutor de su grupo me llamaba muchas veces para decirme que no había ido a clase. De mis regañinas no hacía ningún caso, pues ya sabía por las malas lenguas del barrio de mi pasado de heroinómana y del asunto del Lolo, y había perdido para él toda la autoridad ¿Qué clase de madre era yo si lo había abandonado? De su abuela había heredado el silencio resentido y de su padre el vicio, aunque no sé yo si quizás el vicio lo tomó como consuelo por aquellos años de abandono ¿quién soy yo para reprocharle nada? Ahora vivimos solos, él y yo. Mi madre murió hace un par de años, como siempre, sin dar un ruido. En realidad, ya se había muerto cuando se marchó mi padre, y muerta vivió hasta que su corazón dejó de latir, cansado de no sentir nada. Cuando la abuela murió, Óscar decidió dejar la bebida. La muerte de otros nos hace tomar decisiones determinantes con respecto a nuestra vida. A mí también me pasó cuando murió el Chino. Por su propia cuenta, el Óscar empezó a ir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. El problema es que va con su amigo, el Juli, que es alcohólico también, y cuando salen de las reuniones, se van de bares y llegan a las tantas. Yo me espero todas las noches a que vuelva el Óscar, acostada, pero con un ojo abierto y otro cerrado. Es mi niño todavía y me preocupa. No habré sido una buena madre, pero una madre soy al fin y al cabo. Cuando siento girar con torpeza su llave en la cerradura, me siento aliviada. Al menos, sigue vivo. Y quisiera levantarme y darle un beso o ir a echarle la bronca, pero la vida nos ha tratado muy mal a mi Óscar y a mí, tan mal que nos ha dejado el alma seca y no podemos expresar los sentimientos. Cuando vuelve el Óscar con el paso enredado en los muebles y el aliento envenenado de alcohol y, a veces, grita, ya estoy aquí, mamá, quiero escuchar que dice: — Mamá, te perdono, te comprendo y te quiero a pesar de todo. Y que yo le respondo, mátame, hijo mío, me lo merezco, pero no te mates a ti, que te quiero más que a mi vida, pero sólo me sale decirle en un hilo de voz: — A buenas horas, hijo mío.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Los sufrimientos del escritor

“Los sufrimientos del escritor”, el antepenúltimo ensayo del prolífico autor Enrique Gallud Jardiel, es un libro de interés general, por cuanto se refiere a un sector que prolifera en la actual sociedad: los escritores. Si Madrid era, según Dámaso Alonso, una ciudad de más de un millón de cadáveres, ahora abarca más de un millón de escritores, muchos a pique de ser cadáveres a causa de lo que sufren. Cómo no han de sufrir en un mundo en el que todos escriben y nadie lee. Y quien dice Madrid, dice el resto del orbe, pues, siendo globalizadas las costumbres, no hay rincón recóndito del planeta donde no proliferen los plumíferos y padezcan lo suyo en consecuencia. Escribir en Madrid sigue siendo llorar, como dijo Mariano José de Larra antes de suicidarse, mas ahora también se llora en provincias y hasta en el más intrincado poblado africano lloran los autores en todos los idiomas. Unos lloran con un solo ojo y otros con los dos, de modo que, en base a este valioso libro de Gallud, podríamos hacer un catálogo de escritores sufrientes, a saber: a) Los que, pese a su talento, no son reconocidos ni remunerados. b) Los que, con más talento o menos, sí son reconocidos, pero poco remunerados y ponen un taller de creación literaria que les genera ingresos y secuelas de nuevos escritores sufrientes. c) Los que, sin talento, ni remuneración, nunca obtienen reconocimiento, porque escriben muy mal y no lo saben. Sobre estos últimos se extiende el manual, pues hay muchos modos de escribir mal y muy pocos de escribir bien. Lo primero se puede evitar y, sin embargo, lo segundo es inaprensible y poco aconsejable, ya que el escritor genial es una persona inmadura, un inestable emocional y una desgracia, en definitiva, para sí mismo y para sus padres. Ahí están los célebres casos de Boccaccio, Shakespeare y Kafka, entre otros. Calderón de la Barca lo ejemplificó en una primera versión inédita de “La vida es sueño”: El rey Basilio supo por las estrellas que su sucesor Segismundo iba a ser escritor y, como hombre prudente, lo encerró en una torre, porque, como todos saben, un rey poeta sólo puede traer la ruina a un país, sin embargo, Segismundo tozudo hasta en su encierro, seguía dándole la paliza a las ratas con sus monólogos orales: “Qué delito cometí contra vosotros naciendo. Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido; bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido”. Al oírlo Rosaura, otra escritora desgraciada, que andaba por allí, formuló una fábula judeocristiana en verso, cuya moraleja consistía en que hay que consolarse, pues si estás jodido, siempre hay otro ser más jodido que tú. Lo normal es que Segismundo y Rosaura se hubiesen entendido entre ellos y no le dieran más la lata a nadie, pero Rosaura estaba siguiendo a Astolfo, un amante huido, que estaba hasta los pelos de las retahílas moralistas de la doncella. Y aquí viene el desventurado desenlace; Rosaura se casa con Astolfo y Segismundo con Estrella, que eran bastante ajenos a la literatura y, por tanto, más felices. Si ya hemos dicho que un buen escritor es una desgracia para sus padres, lo es más para sus parejas, que, en ocasiones, incluso les sobreviven penosamente, pobres criaturas. De las páginas de este gran ensayo de Gallud se deduce que los buenos escritores sufren y los malos, además de sufrir, son insufribles. Si, como se prevé, al escribir bien o mal, se sufre de todas maneras, conviene perder el tiempo en algo digno, aunque la posteridad sólo premie con una estatua sobre la que cagan las palomas. Gallud da pautas sobre cómo mantener la dignidad y viceversa, pues algunas pautas y normas absurdas mutilan el genio literario tanto como lo políticamente correcto. Ars longa, vita brevis, por lo tanto, cuida mucho lo que escribes y cuida mucho más lo que lees. Lector y tal vez escritor en ciernes, si no quieres dar más palos de ciego, atrévete a ver la luz en este ensayo.

jueves, 21 de octubre de 2021

Ropa vieja a precio de oro

La ropa de segunda mano era una ofrenda humillante que antes correspondía a la clase humilde. Las señoronas de cierto rango regalaban sus vestimentas ajadas y deslucidas por el uso a las doncellas y, en ciertos casos, al ropero de caridad. Como los tiempos cambian y las modas son materia de capricho, que es musa estrafalaria, ahora es de gusto exquisito y elitista comprar ropa usada a precios de órdago. A ese tipo de atuendos, además de carísimos, muchas veces espantosos, se les llama “vintage”. Me explico, no toda la ropa usada es vintage. Cuando la ves en un revoltillo de un puesto de El Rastro a dos euros las prendas se llaman “oportunidades” y las compramos los frikis poco solventes, después de mucho escarbar con la mano en el maremágnum de horrores, pero si esas mismas prendas se exhiben con cierta gracia en los escaparates de un comercio chic de Malasaña valen lo mismo, nada, pero cuestan un huevo de pato, que sólo pueden permitirse los pudientes extravagantes. A esa ropa usada sí se le llama “vintage”, y es la pera; la pera limonera. Proviene del saqueo de armarios de gente que fue muy moderna en los años setenta y, a estas alturas, posiblemente haya ya fallecido. El “vintage” tiene su puntito también de necrofilia. Es, en fin, una tontería morbosa. Si, en un momento del pasado, se despreciaron los ropajes de aquella tía soltera que iba de psicodélica en las boîtes de la apertura, ahora se compran como un Dior los atuendos de otras tías solteras anónimas o las pellizas de borrego y los pantalones de campana de aquel abuelo de no sé quién que corría en las “manifas” de la persecución de los grises o las chaquetas de lentejuelas de un fallecido fan de Elvis Presley. Lo último en moda huele a alcanfor, a muerte por frustración o sobredosis: a melancolía. Es trágico pero, como trágico, también sublime y, por lo general, feísimo, pero el feísmo es una expresión conmovedora de la estética y en ello, los setenta son el novamás: esas telas brillosas de nylon de las camisas con estampados de rombos, donde luchan el marrón y el naranja, el naranja y el rosa, esos cuellos enormes que desafían a la gravedad, esas faldas ramplonas tableadas de corte escocés, esos jerseys de lana tejidos por la abuela, en varios parches, con las sobras de lana, tan parecidos a los cojines del sofá del salón…Compón tu apariencia con todos estos espantos y serás alguien, vestirás “vintage”, aunque en ello se te vaya el sueldo y el buen gusto. Y te distinguirás de los humildes que estrenan prendas globalizadas de Bershka, de Pull and Bear y Springfield, etc… El vintage no favorece; es caro, feo y muchas veces de mala calidad, pero te asocia a una élite. Si eres rico, usa ropa vieja y horrenda, porque sí, porque tú lo vales.

jueves, 23 de septiembre de 2021

El próximo alcalde de Madrid será chino

En principio, los chinos en Madrid eran una anécdota y solo tenían restaurantes. Para un provinciano en los años setenta era una novedad muy exótica ir a Madrid y comer en un chino rollito de primavera y aletas de tiburón y aquello de que no pusieran pan, porque el llamado “pan chino” era un dulce, que solo lo pedían los ingenuos. Ha llovido mucho desde entonces y ahora hay muchos menos restaurantes chinos, lo que no significa que haya menos chinos en absoluto, solo que se han diversificado. Comenzaron con las tiendas de alimentación; esos 24 horas en los que se vende prácticamente de todo y que se prodigaron de tal modo, que, a día de hoy, se puede decir que hay uno de estos negocios por habitante, aunque igual aquí que en otra ciudad de España. La peculiaridad por estos pagos es que se van encargando de todas las ramas del comercio: tiendas de moda, peluquerías y bares castizos, de los que sirven bocatas de calamares y callos a la madrileña. Si vas a uno de estos bares por Atocha, encontrarás una china muy chulapa que te pregunta: -Hola, guapa, ¿qué vas a tomal? Y luego te tira una caña formidable con sus dedos de espumita suave, que ni en la Cruz Blanca: -Aquí tienes el apelitivo, caliño. Esta chica es de las que todavía habla con la “ele”, pero también las hay con un acento chulapo que dejarían pasmado a Carlos Arniches: chinas pijas de calle Serrano, que no desmerecen a las autóctonas, porque lo son también. Fueron esas niñas adoptadas por familias de posibles, que han echado los dientes en la Villa y no conocen Pekín: -O sea, tía, o sea, en plan de que Borja lo ha petado en Instagram…¿nos hacemos un vermú? A estas alturas, en Madrid, hay chinos en todos los estatus y en todos los oficios, incluso sin oficio. Eso, de veras, que es un asunto singularísimo, del que es pionera la capital. Hoy he visto a un chino a la puerta del supermercado Día pidiendo limosna ¿cómo es posible? ¿No va eso contra los principios del ideario chino? Estaba prácticamente tendido en el suelo y, cuando me acerqué a darle una moneda, comprobé por su mirada errática y su sonrisa desdentadísima, que era un yonqui. He visto chinos ya de todas las clases, pero un chino yonqui ¿qué es eso? Lo que se entiende por esta experiencia es que los chinos están tan integrados en la españolidad que ya no son extranjeros. Aun queda por llegar el político, pero no me extrañará que llegue y con éxito. Ellos todo lo aprenden y lo llevan a cabo en cualquier sector. No es aventurada esta profecía y recordadlo cuando suceda: el próximo alcalde de Madrid será chino.

martes, 31 de agosto de 2021

Los increíbles pijos del barrio de Salamanca

Quien no ha ido al barrio de Salamanca, no ha visto nunca un pijo. En todas las ciudades hay pijos, claro que sí, pero no hay pijos más pijos que los de esta zona residencial de Madrid. Estos pijos son de cinco jotas, de cinco súper jotas y, de tan pijos, no parecen ser reales. Yo creía que los personajes de Jordi Labanda eran una ficción y, sin embargo existen, en carne y hueso. La realidad supera a la ficción y cómo. Desde Diego de León hasta Goya, Velázquez y Serrano, ves desfilar por las calles auténticos pases de modelos. Las chicas van siempre de peluquería, incluso en julio, hasta que toca el tiempo de veranear en su villa exclusiva y marítima del norte o del sur de España. Verlas pasear con sus perritos de raza es un prodigio estético. Qué bonitas lucen con sus vestidos de ideal combinación cromática a juego con la mascarilla, subidas a tacones imposibles, altísimos, que saben manejar con soltura genética, porque los tacones son una prolongación natural de sus pies como lo es el iphone de sus manos, recién salidas de la manicura, y por más que se abstraigan en el charloteo al aparato, mientras cruzan los pasos de peatones y recorren las espaciosas calles, jamás pierden el equilibrio. Su paso es seguro, decidido y majestuoso e incluso si un día calzan sandalia plana, parecen seguir pisando erguidas sobre igual altitud, como si llevasen incorporados a su anatomía unos sempiternos tacones espirituales. Sus chicos no las desmerecen en absoluto, todos uniformados con camisas Ralph Lauren, caballito en pecho, por lo general, celestes, y pantalones beige de pinzas, planchadísimas ambas prendas, que parecen recién salidas de la tintorería a cualquier hora del día o de la noche ¿quién los planchará de esa manera? ¿Harán junto a sus estudios universitarios, un máster de planchado? Aquí ni los divorciados se arrugan; estos varones del barrio de Salamanca no parecen salir de casa, de un despacho o de un bar, sino directamente de un escaparate de la calle Serrano. Se diría que tampoco transpiran, pues no ves en sus impecables camisas manchas de sudor ¿serán maniquíes? Tampoco engordan ni ellos ni ellas. La gordura es más propia de las dietas del fast-food a las que obligan las jornadas laborales extenuantes y las penurias económicas: cosa de pobres que sacian el apetito a base de pan, carnes grasientas, patatas refritas y muchas salsas. Los pijos de Salamanca comen relajado y saludable; marisco, carnes magras y esnobismos asiáticos de ligera digestión, pero, ojo, que semejante mantenimiento requiere un esfuerzo titánico y no solo del bolsillo. Comenta una chica en una terraza de calle General Pardiñas que ella se pesa cuatro veces al día, a lo que responde su compañero de mesa: -Eso no es nada, yo me peso antes de desayunar y después, igual antes y tras el almuerzo y, a la noche, cuando salgo del gimnasio, antes de la ducha y después de la ducha. En fin, nada es gratuito en esta vida y, a lo que se comprueba, la belleza no es un don genético, reservado a las clases aristócratas. Lo que sucede es que ellos se la curran y es mucho curro por lo que veo: peluquería, esteticista, plancha, dieta, gimnasio… ¿Es posible vivir aquí sin llegar a ese nivel? Por fuerza tiene que serlo, pues, aunque parezca inverosímil aquí te puede salir más barato el alquiler de un piso que en la bohemia Malasaña; un cuchitril entre Bilbao y San Bernardo cuesta un ojo de la cara y hay mucho pijoprogre que lo paga. Bajo un aspecto estudiadamente descuidado; ropa de segunda mano o del Rastro, hay personas solventes con ínfulas de artistas, si bien los artistas muertos de hambre, los de toda la vida, tienen piso en Lavapiés. Los pisos de Lavapiés son más baratos que los del barrio de Salamanca, pero aquí las calles están más arboladas y son más tranquilas e higiénicas. Este barrio recibe el nombre del marqués de Salamanca, que no era salmantino sino malagueño. El estadista, banquero y político, que llegó a tener la fortuna más grande del país, ideó en el siglo XIX un barrio para que los pudientes pudiesen vivir en mejores condiciones: con calefacción, electricidad, cuartos de baño y amplias estancias, abiertas a grandes ventanales, y pasearse por espaciosas calles diáfanas como en una réplica al París de Haussmann. Se puede seguir respirando este ambiente decimonónico hasta llegar al extremo norte de la calle Diego de León; allí llega la otra cara del barrio de Salamanca: La Guindalera, que es como una gran habitación de servicio para los señoritos de la zona sur. En sus edificios de construcción de los sesenta (siglo XX) habitan cajeras de supermercado, camareros, limpiadoras y asistentes de ancianos, mayormente latinos. Hay solo que cruzar una calle para adentrarse en ese mundo tan distinto y, a pesar de ello, la frontera está muy bien delimitada, los pijos nunca van por allí. Desde Diego de León hasta la Puerta de Alcalá, los pijos viven en una burbuja ideal, en su paraíso perfecto hasta que llega el verano y viajan a destinos exclusivos y/o van a sus residencias marinas. Ahora las terrazas de bares y restaurantes vuelven a animarse con sus conversaciones. Regresan alegres y bronceados. Solo en agosto Madrid no es cosa suya.

jueves, 26 de agosto de 2021

El bocata de calamares

Por mucho que quieras resistirte al tópico, si estás en Madrid más de tres días, cederás al bocata de calamares. Dicen que la receta es de origen andaluz, pero a un andaluz, como es el caso, se le hace muy raro ver el pescado frito entre dos panes ¿Qué tal quedaría un bocadillo de boquerones victorianos?- nos preguntamos los malagueños. La fórmula gastronómica del bocadillo de calamares se concibió, como casi todas, por motivos económicos. Desde el siglo XVIII llegaba buen pescado a Madrid, gracias a los arrieros maragatos de León, que eran los encargados de traerlo, pero como era lógico, tardaban como mínimo tres jornadas, y no llegaba muy fresco, de modo que la manera de disimular el mal estado era enharinarlo, freírlo y regarlo con zumo de limón. Si encima el manjar se emparedaba en un bollo de pan, satisfacía el hambre de un comensal durante varias horas sin tener este que gastarse muchas perras. Los hambrunos y con pocos recursos han sido siempre una población importante en la capital de España, que es residencia de gusto para menesterosos, aventureros y artistas: o sea; muertos de hambre en general. La oportunidad llega o no llega, pero, mientras tanto, se sobrevive con los bocatas de calamares. Es el menú de los diletantes y no hay músico, ni actor, ni periodista que no lo tenga en su currículum. Si, cuando están en la cima, les hacen una entrevista, por decir que el éxito les costó mucho esfuerzo, comentan “yo he comido muchos bocadillos de calamares”. Pues bien, si hasta mi gurú, Francisco Umbral, se rindió al emblemático bocata ¿por qué no iba a hacerlo yo? Lo hice, claro que sí, en la calle de Toledo, muy cerca de la Plaza Mayor. El local se llamaba “La vieja taberna” y no entré allí por el bocata de calamares en sí mismo, sino porque servían cerveza Victoria, malagueña y exquisita ¿qué puedo decir? La nostalgia me pudo, pero el apetito pudo más y allí me rendí al bocadillo de calamares. Lo hice en buena plaza y me creó adicción, así que el domingo, después de una visita al Rastro, lo volví a pedir en el bar “Ataca, Paca” de la calle Arganzuela. Mi enamoramiento fue total; el pan era crujiente y los calamares compactos, nada babosos y muy bien fritos. El local me resultó muy agradable con sus castizos parroquianos y sus estanterías de libros, entre los que destacaba una Biblia Evangélica. Esto es la gloria, compañeros, comerse un bocata de calamares y después leer la Biblia. De Madrid al cielo.

lunes, 23 de agosto de 2021

Si la cultura ha muerto ¿Quién la mató?

Pues vuelvo a los cines Golem, a ver con qué me estafan esta tarde. La culpa no es de los empleados de las salas, por supuesto, ellos saben que allí se proyecta cine independiente y, si les preguntas su opinión sobre algún estreno, son pasmosamente sinceros. Adoro esta sinceridad madrileña a la que no estoy nada acostumbrada. Los del sur somos como más del camelo por reminiscencias árabes de la picaresca, pero aquí cuando te van a vender algo te dicen las ventajas y los inconvenientes y, en caso de que piensen que no te va a funcionar, te lo desaconsejan del modo más abierto. Me fijo en una película francesa y consulto al acomodador. — Pues bien- me dice- algunos salen de la sala encantados, pero otros cabreadísimos. Es, se entiende, una película muy francesa. Huelgan más comentarios. Si la película es comedia y muy francesa, miel sobre hojuelas, pero si se trata de un drama, apunta a grandísimo tostón. — Es un rollo ¿verdad? –le vuelvo a preguntar, sólo por confirmar el presentimiento. El chico se rasca ligeramente la oreja y hace un leve gesto de asentimiento: — Como te digo una cosa, te digo la otra. Lo cual se puede traducir, “yo ya te advertí, tú verás”, pero, en fin, ya tengo sacada una entrada para una peli coreana “La mujer que escapó”. Me he tirado al fango sin consulta previa y sin leer siquiera las frases del cartel que elogian al director Hong Sangsoo, “Cada vez más depurado, más minimalista, más intenso”. O sea, “más minimalista”, me cachis en la mar, eso significa planos fijos, diálogos con más silencios que palabras y languideces de minutos suspendidos. Menos mal que funciona bien el aire acondicionado y que en la tienda china de enfrente se pueden comprar bebidas fresquitas, porque se atisba que la película será un buen trago, de esas que sugieren todo y nada cuentan. En fin, no tengo nada en contra de ser un espectador activo e interpretar lo que se calla, me avala mi masoquismo judeocristiano y el gusto por lo rarito, ¿pero no se está pasando ya el cine independiente con repetir tantas raciones de lo mismo? 77 minutos de miradas perdidas, espacios cerrados y perfiles de dos personajes a contraluz en un salón, son muchos minutos para llegar a una conclusión tan pueril: La protagonista, llegada a un punto de su vida, se siente fracasada y vuelve a visitar a sus amigos del pasado para comprobar que ellos han fracasado también. Para un viaje así, no se necesitan tantas alforjas: La vida desgasta, el pasado idealizado no regresa, las ilusiones tienen fecha de caducidad…Oye, pues sí, todo el mundo lo puede comprobar cuando cumple, por lo menos, treinta y cinco, ¿pero no se puede contar eso con más chispa, más gracia y más ligereza? Creo yo que sí y que, por eso, es tan necesaria la comedia, no esa comedia inverosímil, que fuerza los finales felices, sino aquella que nos reconcilia con nuestra propia condición humana y la tendencia al fracaso. Cito “Otra ronda” del director danés Thomas Vinterberg, que relata una historia ambigua como es la propia vida y tiene, como la vida misma, una moraleja incierta, pero transpira, vibra y hace reír en los momentos más dramáticos. Sus personajes son frágiles, tiernos, defectuosos; están vivos y les tomas cariño. En resumen, no es mi idea hacer maniqueísmo, sino crítica objetiva, porque creo que la crítica subjetiva ha matado a la cultura y no el mal gusto del público. El público, por lo general, es obediente y va a ver los espectáculos recomendados ¿Se piensa de verdad en él cuando se le recomiendan productos plúmbeos bajo la excusa del minimalismo, el lirismo y la sugerencia? ¿Cuando se le elogian novelas sin argumento, películas estáticas y exposiciones de artistas vacíos? La cultura no muere porque un crítico sea despedido de su trabajo, sino porque el público ha dejado de tener interés por ella al ser mal aconsejado e ir a espectáculos decepcionantes o leer libros sin sustancia. Habría que hacer examen de conciencia y hacer de la crítica una religión como Unamuno: “Mi religión es la vida en la verdad y la verdad en mi vida”, claro está que con eso no se come, contaba Rafael Cansinos-Assens cómo los críticos de su época ponían verde entre sí una obra de teatro y, al día siguiente, le dispensaban elogios en todos los periódicos. La crítica requiere servilismos y hay que pagar las facturas, pero, a la larga, esto sale caro, pues es el público quien paga y, si se siente estafado, el negocio va a la quiebra ¿qué hay que hacer? Tal vez perder amigos y clientes y ajustarse a la incómoda honestidad para recomendar lo que de verdad es valioso, de este modo el público regresará. La cultura puede existir sin tantos artistas apócrifos y sin tantos críticos hipócritas, pero sin público, nunca.

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